Presentamos un importante trabajo que demuestra entrega y compromiso en el trabajo por la integración humanitaria de los pueblos. Esta es la segunda de las producciones de Laura Padovani, y la introduce nuestro amigo, docente e investigador de la UM, el Dr. León Alberto Maturana.
Como parte de la preparación del Simposio de Comunicación del Bicentenario:Tecnologías de la Información y la Comunicación, Cultura de Paz, Noviolencia y Educación me es grato presentar dos crónicas que Laura Padovani escribiera en Kenia como parte de su formación para el Máster Internacional en Estudios de Paz, Conflictos y Desarrollo, en la Universidad Jaume I de España y en el marco de la Cátedra UNESCO de Filosofía para la Paz. Tienen, además, una amplia correspondencia con los objetivos del Instituto de Investigación en TICs para la Cultura de Paz (I TIC Paz). En este número se publica la segunda intervención: "Desplazados, Olvidados".
León A. Maturana
Pocas veces sucede que la imagen mental que realizamos al estudiar, leer o investigar algún tema en particular, coincide con la realidad. Durante estos últimos años, el tema de los refugiados y los desplazados internos ha sido foco de nuestra especial atención. Tal es así, que nuestra primera intención de prácticas había sido con el ACNUR, pero no habíamos tenido en cuenta la cantidad de pasos y trámites burocráticos por los que se debe pasar antes de poder conseguir una plaza.
En general, se posee mucha más información sobre todo lo relativo a los refugiados, que sobre los IDP (Internal Desplaced People). ¿Y que fue lo que tuvimos oportunidad de conocer en Lodwar? Un campo de IDP.
En el transcurso del viaje, 6 Km. afuera de la ciudad, realizaba el mapa mental de lo que podría llegar a encontrar ahí: muchas carpas, organismos internacionales brindando ayuda humanitaria, camiones llenos de alimentos y agua, etc. etc. Pero claro, como dije anteriormente, rara vez ese mapa mental coincide con lo que nuestros ojos ven.
El campo de IDP era como cualquier otra comunidad que habíamos visitado la semana anterior. Las carpas no eran carpas, sino asentamientos de paja y adobe, los organismos ¿qué?, ¿los camiones? ¿Alimentos? ¿Agua? Nada, absolutamente nada de eso.
Bajamos de la camioneta para hablar con algunas personas locales, y lo primero que nos dijeron, como pasa siempre, es que teníamos que ir a ver al "jefe" de la comunidad. Así fue, y el hombre muy amablemente nos recibió, junto con unas cuantas personas que lo escoltaban, entre ellos muchos niños. Nos explicó que el conflicto interno estalló en el año 2007, principalmente por a las elecciones que se llevaban a cabo, y los enfrentamientos entre distintos grupos provocó una situación de persecución política que forzó a miles de personas a dejar absolutamente todas sus pertenencias, sus casas, salir con lo puesto, y huir hacia un lugar donde su vida y la de sus familias no corriera peligro.
En aquel asentamiento viven 700 familias, número que va aumentando cada vez más desde que el Gobierno de Kenia les concedió el status de desplazados internos, y les brindo las tierras, allá por Mayo de 2008. Desde aquel entonces, todas estas familias no tienen mecanismos de subsistencia propios, ni tierras fértiles para cultivar, ni posibilidades de trabajar, ni ayuda del ACNUR, ni del gobierno. Ene A De A. NADA de eso.
Los únicos organismos internacionales que osaron aparecer por estos pagos, fueron OXAM y WFP, quienes asisten a 200 de las 700 familias que allí residen. El jefe nos explicaba entonces, cómo se las arreglaban para repartir la comida entre todos. El concepto de comunidad parece no olvidarse por aquí.
Luego de la descripción de la situación, pasamos al tema sanitario, y realizamos un par de preguntas acerca de las enfermedades más propagadas en la zona, generalmente causadas por el agua que consumen y por la falta de prácticas higiénicas (poseen solamente 10 letrinas en todo el asentamiento). En nuestra casa-oficina de esta última semana, había más de un centenar de filtros de agua, que esperaban ser repartidos, pero que debido a falta de recursos en logística seguían guardados en el depósito, sin ningún tipo de uso práctico.
Es por eso que le pedimos al Jefe de los IDP que realice una lista con todas las mujeres que tenían niños menores de 5 años, y que se presenten al día siguiente en la oficina para repartir esos filtros de agua. Así fue. Unas 250 personas se aparecieron en la mañana del martes, y se sentaron debajo de los árboles en el patio de la oficina. Después de explicarles detalladamente cómo se usaban los filtros, pasamos a la repartición. Había 223 mujeres con niños menores de 5 años, y solamente quedaban 160 filtros en el depósito, y los demás serian repartidos a la brevedad, en cuanto pudiéramos obtener más donaciones de UNICEF. De esas 223 mujeres, hay una con quien tuve la posibilidad de interactuar bastante más. No específicamente interactuar mediante el lenguaje, porque ella no hablaba ingles, y claramente el Turkana no lo domino, así que hicimos uso de otro tipo de lenguaje: el corporal.
Lo primero que hizo fue entregarme en brazos a su hija. Lo segundo, fue regalarme un anillo que ella tenia puesto. La nena, que dicho sea de paso se llama Leah (otra Leah de la cual aprendí mucho) no paraba de llorar, no a causa de estar en brazos de una desconocida, sino porque su madre, que se encontraba en un sutil estado de embriaguez, se había olvidado de alimentarla y darle agua, quien sabe por cuantos días. Con un vaso de agua, y una banana la niña se calmó, hasta que una de nuestras compañeras de la ONG nos advirtió que si les brindábamos algún tipo de ayuda a estas madres, estarían en la puerta de la oficina todos los días esperando que se convierta en un hecho recurrente. Después de unos cuantos minutos de jugar con la nena en brazos, me despedí con pocas ganas, devolviéndole la niña a su madre. Y efectivamente, esa misma tarde, cuando volvimos del centro, nos encontramos con la madre y su niña nuevamente en la puerta de la oficina, pidiendo algún tipo de ayuda que ya no nos dejaron brindar.
Los IDP volvieron a sus casas, cargando los filtros entre los brazos.
Y nosotras volvimos a Kapenguria, nuestra nueva casa, con algo más que una imagen mental de lo que realmente ocurre en un campo de desplazados internos.